Carnaval infantil

Osvaldo Rejas **

 1
Será otro largo día ensolarado, agobiante, como se espera de los veranos artiguenses. La jornada laboral se limita a la mañana; todo el movimiento se concentra en esas horas.
No se ve ni una sola nube, la luminosidad castiga la visión y hay prisa y disputa por refugiarse a la sombra.
Después del medio día, un canto estridente copa el aire caliente que recorre las calles desiertas.
Miles de chicharras invisibles arrancaban con su cric, cric, cric, como si le dieran manivela a unas cuantas cachilas empacadas. Luego de forcejear y toser un poco, finalmente logran soltar su chirrido monótono mientras la ciudad parece freírse al sol.
Es un pueblo fantasma durmiendo la obligada siesta.

Ahora, en la agonía de la tarde, tímidamente comienza a soplar un tenue aire fresco que viene a calmar en parte el sufrimiento. Algunos nubarrones aparecen por el poniente insinuando algún chaparrón que se sabe, finalmente no vendrá.
Con la brisa resurge la vida, los vecinos dan la cara y pretenden reincorporarse al ritmo interrumpido sin poder librarse de la pachorra.

Todo huele y suena a carnaval, es el tema obligado que ha copado la atención. En cada barrio, cada esquina, en rueda de amigos es el único tema.

 Se discute con entusiasmo al opinar sobre las actuaciones y los desfiles.
Los fallos del jurado – como siempre – son contestados por unos y festejados por otros.
Este sábado desfilarán las escuelas de samba ganadoras y será la noche de despedida.
El próximo lunes verdaderamente comenzará el año.

2
En el barrio suenan tambores de lata.
Un grupo de niños hacen su propio carnaval. Avanzan serpenteando por la vereda, vibrando y tocando en la escuela de samba de sus sueños. Se agrupan remedando las alas. Adelante las niñas bailan imitando las pasistas y detrás los varones se empeñan en rescatar el ritmo golpeando todo tipo de tambores.
Se ven partes de disfraces chillones y alguna pluma colorida.

En el centro de la agrupación, delante de la batería, se impone la presencia de un carro empujado por dos niños.
Su único ocupante, con el rostro resplandeciente azota un tamborín con un haz de varitas. Su amplia sonrisa contagia todo su entusiasmo y alegría. Su único adorno es la expresión de felicidad que le ilumina el rostro. Eso basta para darle el aire majestuoso que sabe llevar.
Transmite la impresión que nadie discute su posición de destaque y que para todos sus amigos es el personaje indicado y lógico para desfilar en el único carro alegórico que la escuela dispone.

El pibe da cuenta brillantemente de su tarea. Es espontáneo, pícaro, su liderazgo es natural y tiene a todos contentos. A nadie se le ocurre ocupar su lugar. Desde lo alto de su trono, reina absoluto, saluda sonriendo a los vecinos del barrio que aplauden y se emocionan.
Cada tanto, por breves instantes deja de tocar y abre los brazos como si quisiera abarcar el mundo y detener el tiempo. Su torso cubierto por una gastada camiseta de un club brasileño se requiebra incesantemente.
De la cintura hacia arriba su cuerpo se agita acompañando el ritmo de la incansable batería.
Solamente sus flacas piernas deformes cuelgan sin vida sobre la silla de ruedas.
Los dos compañeros que la empujan, forcejean alegres y orgullosos por conducir al verdadero rey de la fiesta.
La gurisada dobla la esquina y el bochinche se va con ellos; solo nos dejan la imagen inolvidable y la lección aprendida.
La escuela de samba se aleja bulliciosa  distribuyendo su alegría, empujando un ejemplo de vida y el singular carro alegórico que avanza a los tumbos sobre los desniveles del terreno.

Hecho presenciado por este improvisado cronista el 15 de febrero de 2002 frente a UTU en la ciudad de Artigas

** Osvaldo Rejas es el seudónimo de un vecino artiguense