Los Carnavales de antaño

Alán Gomez

Qué fiestas tan especiales aquellas. Las murgas, las máscaras, las serpentinas, los pomos de agua perfumada, los buscapiés, el papel picado, el Marqués de las Cabriolas, la Reina, los carros alegóricos, los cabezudos, y un sin fin de mascaritas asombrosas, dándole vida a los bailes municipales o privados.

Y la vieja plaza Artigas, madurando sus noches con mesas de madera alrededor, mostrando las tajadas de sandía, los pasteles, las empanadas, los chorizos cocidos y por supuesto, la presencia del cantor y el guitarrero, salpicando de música el ambiente norteño.

Y allí, en ese laberinto de color, comenzaban ingenuamente mis primeros balbuceos de cantor trasnochado y popular. Detrás de mi, don Pichón Roma, el guitarrero de las bordonas majestuosas, que cuanto más tomaba, más inclinaba su cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, para darle fuerza al bordoneo de su guitarra negra, Valenciana.

Terminado el corso todo cambiaba, porque la gente aprovechaba para darle rienda suelta a sus juegos, que consistían en salpicar a las damas con lanza perfumes. Cuando no, revolverles la cabellera sedosa con papelitos de color.

Un colchón de serpentinas era la calle principal en el segundo día de fiesta.
En la vereda de los clubes, toneladas de papel picado dificultaban el paso y nos proponía a los gurises el pícaro negocio de vender bolsitas de papel picado a 10 centésimos, no sin antes limpiarlos usando el ingenio, una palangana para lanzarlos al aire y una sábana para recogerlos sin la tierra y el polvo acumulados.

Carnavales norteños, donde Los Langosteros del Chato Silva o Guarda el Toro Meregildo del flaco Andrés Ríos, le hacían saltar los tapones al cajón de las emociones lugareñas, con sus culpes y sus retiradas históricas, donde el humor sano y picaresco nos hacía reír a carcajadas.
Viejos carnavales, aquietados por el andar de los tiempos. Solo el recuerdo lo rescata de generación en generación, de padres a hijos.

Pinturas solo encontradas tal vez, en los retratos color sepia del fotógrafo de la plaza, con su mágico cajón hacedor de historias, enmohecidas ya, pero que todavía están allí a la vuelta de la vida, con los bailes del Ferrocarril o la Pista Municipal o el Club Deportivo, o aún más allá, en los oscuros antros de la Seda Branca o la Madame Rola, escuela de tantos gurises en tren de farras o aventuras amorosas.

Carnavales de los tiempos de Faieco, de la Chaira, de la Paca y el Nanú, o del Pato Pum y otros, que representaron al pago como nadie en esa locura linda de ser lo que los demás nunca lo fueron ni serán, porque aquellas mentes desviadas eran especiales y recibían el cariño de su pueblo, cuando transitaban sus calles con sus fantasías magistrales.

Carnaval del Cuareim, con picadas y lavanderas, maniseros y boteros y plazas con faroles y misterios, donde los días cambiaban de cara y de color, para sacarle pasajeramente la mufa a los pobres y calmarle los nervios con el olvido piadoso de sus reales necesidades.